La comunicación con las personas con demencia no termina cuando desaparecen las palabras.

Hay algo que nunca deberíamos olvidar cuando cuidamos a una persona con demencia: que deje de hablar no significa que haya dejado de sentir.

La demencia va cambiando muchas cosas. Poco a poco, algunas personas van perdiendo la capacidad de expresarse. Aquellas conversaciones de antes, las historias que tantas veces nos contaban, las preguntas, las bromas o los recuerdos compartidos empiezan a desaparecer. A veces llega un momento en el que apenas encuentran palabras o ya no consiguen responder cuando les hablamos.

Y es entonces cuando debemos tener especial cuidado de no caer en algo que, aunque parezca insignificante, puede hacerles sentir aún más solos: dejar de hablarles.

Quizás pensamos que ya no nos entienden, que no tiene sentido contarles cosas o que nuestras palabras no llegan a ninguna parte. Pero no podemos dar por hecho que, porque no respondan, no nos escuchan o no perciben lo que ocurre a su alrededor.

Puede que no comprendan todo lo que les decimos. Puede que no encuentren la manera de contestarnos. Pero nuestra voz, la forma en que les hablamos, una mirada amable o un gesto de cariño pueden seguir siendo importantes para ellos.

Por eso, sigamos hablándoles.

Démosles los buenos días al entrar en su habitación. Contémosles qué vamos a hacer antes de ayudarles a vestirse, asearse o comer. Preguntémosles cómo están, aunque no obtengamos respuesta. Llamémosles por su nombre.

Y hagámoslo con naturalidad, como lo haríamos con cualquier otra persona.

Nunca deberíamos realizar los cuidados en silencio, como si la persona no estuviera presente. Tampoco hablar de ella delante de otros como si no pudiera escucharnos.

Porque, aunque la enfermedad avance, esa persona sigue ahí. Sigue teniendo una historia, una vida, una dignidad y, por encima de todo, merece nuestro respeto.

A veces nos empeñamos en buscar palabras para comunicarnos, cuando quizá lo que esa persona necesita es que nos sentemos a su lado, que le dediquemos un momento, que le sonriamos o que simplemente le cojamos la mano, si le resulta agradable.

No siempre hace falta una respuesta para que exista comunicación.

¿Qué podemos hacer para que nunca se sientan desconectados de nosotros?

Hablemos con cariño, sin gritar y sin utilizar un lenguaje infantil. La demencia no les quita su condición de personas adultas.

Expliquemos cada cosa que vamos a hacer. Aunque no contesten, debemos hacerles partícipes de sus cuidados.

Mirémosles a los ojos, acerquémonos y dediquémosles tiempo. A veces estamos físicamente a su lado, pero nuestra atención está en otra parte.

No tengamos prisa. Dejemos que procesen lo que les decimos y respetemos sus tiempos.

No forcemos las respuestas. Si no pueden hablar, no insistamos ni les hagamos sentir que tienen que hacerlo.

Aprendamos a escuchar también sus gestos. Una mirada, una sonrisa, un movimiento o una expresión pueden ayudarnos a comprender cómo se encuentran.

Pongamos su música favorita, hablemos de su familia y de aquellos momentos que han formado parte de su vida. Busquemos aquello que todavía pueda despertar una emoción agradable.

No olvidemos el valor del contacto humano. Una caricia, una mano que acompaña o un abrazo, siempre respetando cómo se sienten y si desean ese contacto.

Y a las familias me gustaría deciros algo…

Si vuestro padre, vuestra madre o esa persona a la que tanto queréis ha dejado de hablar, no dejéis de contarle vuestra vida.

Seguid hablándole de vuestros hijos, de lo que habéis hecho durante el día, de los recuerdos que compartisteis y de las pequeñas cosas que antes os contaba.

Decidle que le queréis, aunque no pueda contestaros. Ponedle aquella canción que tanto le gustaba. Sentaos un ratito a su lado. Cogedle la mano.

No esperéis una respuesta para demostrarle vuestro cariño.

Quizá ya no pueda deciros vuestro nombre, quizá no reconozca una fotografía o no pueda responder a un «¿sabes quién soy?». Pero no dejéis de estar presentes.

A quienes cuidamos, también nos corresponde comunicar

Y a quienes trabajamos en el cuidado de personas mayores, especialmente a nuestras auxiliares, quiero recordarles algo que considero fundamental: nuestro trabajo no consiste solamente en ayudar a una persona a levantarse, asearse, vestirse o alimentarse.

Nuestro trabajo también consiste en hacer que se sienta acompañada, escuchada y respetada.

Porque detrás de cada persona que cuidamos hay una vida entera, una familia, recuerdos, ilusiones y una historia que merece ser tratada con cariño.

Puede que un día ya no tengamos una conversación con ella. Puede que no recibamos una sonrisa o una respuesta. Pero eso no significa que debamos dejar de intentarlo, de acercarnos o de regalarle unas palabras bonitas.

La demencia puede ir apagando las palabras, pero nosotros no debemos apagar nuestra manera de comunicarnos con quienes la padecen.

Que nunca confundamos el silencio con la ausencia. Que nunca pensemos que, porque no nos contestan, ya no importa lo que hacemos o decimos.

Porque cuidar también es eso: seguir hablando cuando ya no hay respuesta, seguir mirando cuando cuesta encontrar una mirada y seguir acompañando cuando las palabras dejan de existir.

Y quizá, en esos momentos en los que ya no podemos comunicarnos como antes, sea cuando más importante resulte nuestra forma de estar.

En Empatía, «Déjame cuidarte», creemos que cuidar es mucho más que atender. Es reconocer a la persona que hay detrás de la enfermedad, respetar su dignidad y acompañarla con humanidad, incluso cuando ya no quedan palabras.

María José Barrera Rodríguez
Coordinadora de Empatía «Déjame cuidarte»
www.ayudadomicilioempatia.com

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