Una mirada profesional desde la escucha, la empatía y el acompañamiento real.

Hay momentos en los que mi trabajo como coordinadora deja de ser únicamente organización, planificación o supervisión. Hay momentos en los que se transforma en algo mucho más profundo: en acompañamiento.

Porque detrás de cada persona dependiente a la que atendemos, hay un hijo agotado, una esposa desbordada, una nieta con miedo a no estar haciéndolo bien. Y entonces mi labor cambia. Ya no solo coordino recursos, coordino emociones. No solo organizo turnos, sostengo silencios.

Cuando mi trabajo se convierte también en cuidar a los familiares cuidadores, entiendo que lo más importante no es tener todas las respuestas. Es estar. Es escuchar sin prisa. Es validar su cansancio sin juzgarlo. Es recordarles que no están solos.

A veces acompañar es explicar (darles información útil sobre la enfermedad).

A veces es orientar.

Y muchas veces es simplemente cogerles de la mano —aunque sea al otro lado del teléfono— y decirles: “Lo estáis haciendo lo mejor que podéis.”

El familiar cuidador vive entre el amor y la culpa, entre la responsabilidad y el agotamiento. Necesita información, sí. Pero también necesita permiso para sentirse vulnerable.

Como coordinadora, he aprendido que nuestro papel no termina en la gestión. Empieza cuando recibo una llamada y me cuentan su historia, sus miedos y sus necesidades. Empieza cuando, al otro lado del teléfono, escucho una voz que tiembla. Empieza cuando comprenden que pedir ayuda no es fallar.

Cuidar al que cuida no es un añadido a mi trabajo. Es parte esencial de él. Porque cuando sostenemos al familiar, también estamos sosteniendo el bienestar de la persona mayor.

Siempre pueden contar conmigo, ellos lo saben.

— Mª José Barrera

Coordinadora sociosanitaria,

Porque nadie debería cuidar en soledad.

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