Como coordinadora de una empresa de atención domiciliaria, he acompañado a muchas familias en momentos de gran fragilidad. He visto cansancio, miedo, culpa y decisiones tomadas desde la urgencia.
También he visto las consecuencias de contratar a una cuidadora sin contrato, de forma particular, sin conocer todo lo que eso implica.
No hablo desde la teoría. Hablo desde los casos reales que llegan cuando algo ya se ha roto.
La contratación “en negro” no empieza con mala intención
La mayoría de las familias que han contratado de forma ilegal no lo hicieron pensando en incumplir la ley.
Lo hicieron porque nadie les explicó cómo hacerlo bien, porque el deterioro de un familiar fue rápido o porque pensaron que era la única opción viable.
Muchas veces llegan a nosotros después de escuchar:
“Hazlo así, todo el mundo lo hace”.
Y durante un tiempo, aparentemente, no pasa nada.
Cuando el conflicto aparece, la familia suele tener todas las de perder
Cuando una cuidadora sin contrato denuncia la situación, la familia suele encontrarse en clara desventaja legal.
No hay contrato, no hay alta en la Seguridad Social y no hay forma de justificar la relación laboral.
He visto a muchas familias que, asesoradas por abogados, terminan pagando una indemnización para evitar llegar a juicio, porque saben que tienen todas las de perder.
Lo que suele ocurrir con el tiempo
Cuando la cuidadora se va, no hay preaviso, no hay sustitución y la persona mayor queda desatendida.
Cuando ocurre un accidente, la responsabilidad es directa de la familia.
Las malas praxis
Sin supervisión profesional aparecen sobrecargas, errores en movilizaciones o en la medicación y cuidados inadecuados por agotamiento.
La cuidadora también queda desprotegida
No puede ponerse enferma, trabaja más horas de las que puede y vive con miedo constante.
El impacto emocional en la familia
Culpa, miedo, tensión y agotamiento emocional.
Cuidar bien también es proteger
Cuidar no debería acabar en una denuncia o en un acuerdo económico forzado.
Dignificación del cuidado
Escribo esto no para señalar a las familias, sino para defender el valor real del cuidado.
Porque cuidar no es “ayudar un poco”, no es improvisar ni salir del paso.
Cuidar es un trabajo profesional, exigente y profundamente humano, que merece respeto, protección y condiciones dignas.
Dignificar nuestro trabajo también es decir las cosas como son, acompañar a las familias antes de que lleguen al límite y recordar que hacer las cosas bien no es un lujo, sino una forma de cuidar mejor.
A quienes cuidamos y a quienes sostienen el cuidado cada día.